Una vez mi padre me dijo que el camino al éxito era largo, doloroso y solitario, y lo descubrí a la corta edad de los 18 años, cuando comencé a tomar decisiones que en algún punto sabía que me iban a cambiar la vida. Empecé a escoger entre qué amigos ver y cuáles no. Quienes merecían el tiempo y el esfuerzo para mantener la amistad y quienes eran los pasajeros que yo sabía que en algún punto iban a desaparecer.
Después pasé a decisiones de trabajo y de vida. Si no podía estudiar música entonces letras, si no era letras, entonces historia del arte, acabé en Idiomas y esa decisión marcó otro camino de decisiones por tomar. ¿Sería traductora? ¿sería intérprete? ¿sería maestra? Quiero pensar que la docencia me escogió a mí y yo no a ella, porque nunca me di cuenta en qué momento me etiqueté como maestra y en qué punto me la empecé a creer. Llevo más de 8 años creyéndomela.
Después, tomé decisiones más drásticas ¿sería enterrado? ¿cremado? ¿velado? La segunda fue la opción para el descanso eterno de mi padre y con el corazón frío tomé la decisión de cortar a mi ex novio cuando me reclamó que estaba cambiando, cuando en verdad sólo quería que me dejara llorar y dormir.
Tengo 32 años y no llega el día en que no tome una decisión y por más sencilla que sea se debe pensar ya que al final no vale arrepentirse.


